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Una campaña de hechos consumados

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Alberto Fernández inicia su segundo viaje al exterior después de las PASO del 11 de agosto. El primero fue por España y Portugal; ahora viaja a Perú y Bolivia. En los cuatro casos, Fernández mantiene reuniones con los presidentes o primeros ministros, y es acompañado por personas que integrarían su futuro gabinete, como Felipe Solá o Gabriel Katopodis. Su campaña es la de los hechos consumados: indudablemente, uno de los sentidos de sus viajes es presentarse como el virtual presidente electo de la Argentina. También, busca posicionarse como un “progresista moderado”, cercano a los socialistas europeos y a los populistas latinoamericanos de centroizquierda. Algo así como un punto intermedio entre los extremos que representan Maduro y Bolsonaro.

Recordemos también que antes de las PASO Alberto Fernández había viajado a Brasil, para visitar a Lula en prisión, y a Uruguay para encontrarse con los líderes del Frente Amplio. Fernández no va a economizar gestos para satisfacer a su propia coalición. Dado que se respira que un gobierno suyo sería más “centrista” que los de Néstor y Cristina Kirchner, y dado que el kirchnerismo va a ser un componente muy importante de la coalición Frente de Todos, Fernández probablemente querrá enviar señales de identificación hacia este grupo relevante. Que no se siente cómodo con la idea de que el gobierno del Frente de Todos será distinto, aunque la acepte por lo bajo. Por esa razón, marcar diferencias políticas con Bolsonaro y otros líderes derechistas de América Latina será algo buscado por el presidenciable.

El presidente Macri, paradójicamente, hace una campaña más propia de un candidato que desafía al poder. No habla de lo que hizo ni de lo que hará, pero lanza consignas y encabeza actos. Apuesta a mantener unido al voto que rechaza al peronismo, y crecer un poco más sobre una polarización. Y hay una nueva apuesta al big data y los públicos microsegmentados: tal vez, la mayor apuesta hasta ahora. Con la información electoral, socioeconómica y demográfica que maneja el Estado, ahora el oficialismo sabe quiénes son los votantes empadronados que no concurrieron a las PASO, y cuáles son o podrían ser sus preferencias. Pero la paradoja del big data es contar con información y no saber qué hacer con ella. ¿Qué puede ofrecerles el presidente a aquellos que podrían engrosar la concurrencia a las urnas, si la macroeconomía salpica también a ellos?

La big data electoral sí podrían servir en casos puntuales. Rodríguez Larreta, por ejemplo, sabe que la clave de su reelección está en mejorar su desempeño en algunos barrios de la zona sur de la Ciudad. Son aquellos que pertenecen a las comunas 4 y 8, pero más específicamente en barrios como Parque Patricios o Nueva Pompeya, donde la ciudad hizo obras importantes, pero el oficialismo PRO obtuvo menos votos de los esperados. Entonces, en el mes de campaña por delante, el Jefe de Gobierno y sus militantes “municipalizarán” el mensaje y concentrarán allí sus timbreos, llamados telefónicos, recorridas y mensajes vía redes sociales. El 11 de agosto quedó a poco de la reelección pero el temor a Lammens y al “efecto ganador” del Frente de Todos es real.

La misma lógica sofisticada puede aplicarse a ciertos municipios del interior bonaerense, donde Cambiemos quiere asegurarse la continuidad, o a la provincia de Mendoza, donde la elección de gobernador está pareja. Pero no sirve para dar vuelta una elección presidencial. De hecho, enfrenta un problema mayor: dado que todos los votantes ya creen que Alberto y Cristina Fernández ganarán, el incentivo a votar estratégicamente por Macri cayó. Y el deterioro de la inflación y los indicadores sociales en los últimos 40 días profundizaron el desencanto. Lavagna maneja la infornación de que una parte importante de los votantes de Cambiemos podría repensar su voto, e ir hacia él. Pero siguen rechazando al kirchnerismo y no están dispuestos a aproximarse al Frente de Todos. Por lo tanto, Lavagna está conminado hacia diferenciarse de los Fernández para poder capturar a esos nuevos votantes potenciales, aún cuando Alberto haya insinuado que podría quererlo cerca. Lavagna y sus socios provinciales están pensando en meter diputados y concejales; Urtubey, su candidato a Vice, en lograr una buena cantidad de votos “macristas” y posicionarse (¿en diálogo con Vidal?) para la oposición del futuro.

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