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Hay que aguantar

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Que vivimos en tiempos de consensos precarios no es una novedad. Los acuerdos, si los hay, no duran mucho. Las expectativas en relación con temas o personas tienen un ciclo de vida extremadamente corto. La familia, los valores, las opiniones, los apoyos, todo resulta volátil y dinámico.  

Lo políticamente correcto ya no es tal. En la sociedad de hoy no existen temas tabúes, todo se discute. Lo naturalmente aceptado pasó, nadie escucha sin saber el por qué, el para qué y el quién, de la persona que tiene en frente. El cínico es inteligente y el idealista ingenuo.  Se premia el extremismo y se castiga la moderación. Y más importante, los líderes hoy más que nunca son estrellas fugaces, con mucho brillo, pero en un lapso de muy corto de tiempo.

En esa sociedad existimos y nos relacionamos. Nuestras identidades sintetizan un mundo en conflicto, donde pensamos una cosa, pero decimos otra. El anonimato del mundo digital ayuda a la expresión genuina, viralizamos vídeos que no podemos mirar en público, criticamos la inmigración, la violencia es aceptable y ponemos en duda casos de abuso. Una realidad difícil de leer, muchos menos de aceptar pero que nos interpela a cada uno.

Por lo menos paradójico resulta que una de las principales consecuencias del pluralismo resulte en la exacerbación del tribalismo. El imperativo categórico del progreso y la innovación, no es fácil de asimilar para todos. Los cambios culturales y sociales van a tal velocidad, que no todos los podemos entender.

Allí, los gobiernos deben construir legitimidad para poder hablar y que se les tome en serio. Cómo lo hagan, cómo todo, dependerá de su contexto más inmediato.  Para entender a los políticos, hay que mirar a las sociedades en las que se encuentran. Más que diálogo, hay monólogos entre cruzados. La discusión pública ya no gira en torno a la comprensión, sino a la competencia. No se busca el medio. Se trata más de inclinar lo suficiente los extremos para lograr la mitad más uno.

No hay que lograr cautivar a todos, hay que fidelizar. No se deben cambiar los rumbos, hay que profundizarlos hasta las últimas consecuencias. Lo flexible de las opiniones se contrapone a lo rígido de las identidades colectivas. Los individuos son volátiles, los grupos son rígidos como el cemento.

Si uno quiere entender la sustancia de cada discurso público deberá mirar allí, en el centro del corazón de los seguidores. En la pasión de las masas que pueden cambiar de personajes, pero no de creencias. Las ideologías siguen vigentes, no en el formato como las conocíamos, pero sí de manera implícita en las mentes de las personas.

A eso hay que apelar si se quiere ganar una elección o gobernar un distrito. Ya pasaron las épocas de los grandes consensos duraderos y medias tintas. Ahora se logra lo suficiente para vivir un día más. Los costos pueden ser altos, pero sólo hay que aguantar más que él que está en frente.

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