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Ser joven no siempre significa tener ideas frescas

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Entre millennials y centennials se están llevando puesta a la política, a la economía, a las relaciones amorosas y hasta al sexo, por lo menos de la forma en que conocíamos estas áreas de la vida. Aparentemente estos seres algo errantes e incomprendidos que tienen menos de 35 años pero más poder de decisión de compra (ojo con los votos) que toda la historia de la humanidad junta, hacen todo de otra forma. Esta realidad no sería problema porque responde a la curva evolutiva lógica de las generaciones, pero la mayor complicación aparece cuando los que dirigen empresas y propuestas políticas no tienen cerca a estos chicos y chicas para decirle, “nah, no me gusta” ante ideas como mínimo tontas (cof, cof, como la de grabar un video tomando caña con ruda para parecer local y popular durante una campaña electoral cuando se te nota en la cara que es la primera vez que interactuás con el brebaje, cof, cof).

Las elecciones legislativas, que suelen ser un trámite bastante predecible, han tenido este año una función inédita; la de redibujar el arbol genealógico (?) del poder en la provincia. Aparecieron (por suerte) de solamente dios y Rovira sabe dónde un catálogo de candidatos inédito para la tierra colorada; cuestión que incomodó a los más acartonados y empoderó a los otros. Hizo que la gurisada más alejada de la actividad política también se animara a pensar en la posibilidad de jugar en primera y hoy Misiones es una provincia políticamente mucho menos homogénea y más rica en lo ideológico, sacando a pasear en chota muchas de las certezas de los autoproclamados poderosos.

Suelo ser muy insistente con una especie de dogma en el que creo firmemente: “no cambió la política, cambió la gente”. Y ese cambio tiene que ver con que los más viejos son menos en cantidad y los más jóvenes son más en número y en participación en el mundo político. Quizás no en el partidario, ojo, pero basta con ir al supermercado chino del barrio para que te den una ONG o una Fundación para redondear el vuelto, y esos espacios ignorados o únicamente usados como fuente de financiamiento por los partidos tradicionales, están construyendo una legión de líderes y de seguidores (los segundos más importantes que los primeros, siempre) que ven como el siguiente paso lógico, medirse en las urnas.

La historia nos muestra que en Misiones las alianzas partidarias-electorales (sean importadas o de gesta local) tienen únicamente dos destinos posibles: el éxito abrumador o la mediocridad seguida de extinción. En las PASO anteriores vimos lo que pasó con Avancemos por citar un ejemplo. Creo que el drama de los dirigentes que no lograron sumar a sus filas gente fresca (no solamente en edad, ¡guarda! porque vemos pendejos que hablan como si tuvieran una máquina del tiempo enchufada a los 70’s en la boca) es su incapacidad para conectar con las nuevas generaciones, lo que convierte casi de manera instantánea a sus espacios en partidos sociológicamente viejos.

Pero no todo está perdido, los partidos y las empresas están frente a un escenario inmejorable para resultar atractivos: tienen un mercado saturado de una juventud económica e intelectualmente frustrada porque su nivel de formación es muy superior a los trabajos, jefes, tareas políticas y también salarios que pueden ofrecerles los sectores público y privado. Esta clase media laburante, generalmente urbana, se siente abandonada y hasta traicionada por la política: durante la era Kirchnerista no eran visibles o sentían el peso de la inflación que no les permitió despegar y ahora está siendo seducida por el gobierno Macrista que les ofrece una especie de noviazgo con muchos besos pero sin sexo. ¿Cómo volverse sexy para estos votantes siendo un partido político? Preguntándole qué quieren, qué les gusta, leyéndolos, escuchándolos, hablándoles, analizando data, invitándolos, yendo a los mismos lugares que van, volvíendose uno de ellos.

Con estos ingredientes se puede cocinar una sola receta: partidos más regionales, provinciales y municipales hechos a medida, como los trajes y vestidos que compramos en Encarnación, más chicos como los autos chinos que no nos empezaron a invadir, con capacidad para estacionar en espacios reducidos y hacer maniobras que serían un certificado de vuelco para los enormes viejos sedanes del bipartidismo tradicional. La Renovación entendió este nuevo tablero de juego y con acciones que en el menú aparecen como “refresh” está dándole vacaciones e invitando a ir a cuidar nietos y las plantas del jardín a los dirigentes que no están logrando pasar las pruebas exigidas por la gurisada y sus padres. La visión de la conducción de la alianza renovadora le permitió diseñar el misionerismo como movimiento, un plato que tiene todo lo que les gusta a los votanes y que si bien está llevando más tiempo de cocción del esperado, promete ser la vedette del menú por mucho tiempo más mientras los jóvenes sin corbata, con barba y algo despeinados que prometían ser la génesis de la nueva política empiezan a dar muestras de que están perdiendo la cadena de frío.

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