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Paraguay, como en la época de Stroessner

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A dos semanas de las elecciones presidenciales del 22 de abril en Paraguay, la alianza opositora todavía no reconoce los resultados que le dieron la victoria al colorado Mario Abdo Benítez, por el 46,44% contra el 42,74% del candidato de la alianza de liberales e izquierdistas, Efraín Alegre.

El estrecho margen, del 3,7% (poco más de 90.000 votos), y sobradas evidencias de manipulación de mesas en diversos puntos del país, le hacen suponer a Alegre que esa escueta diferencia podría ser suya y no de Abdo Benítez.

De todas maneras, el reloj no dejó de correr y los tiempos se aceleraron llevando el debate político a otra parte. El fraude, o sus fundadas sospechas, no fue la bola de nieve que se esperaba; no hubo avalancha, apenas una denuncia penal sin muchos elementos impulsada por un abogado del Este del país, que fue electo senador por un movimiento propio, y que asegura que le robaron 70.000, con los que podría agregar otro escaño a su bancada. Su movimiento no fue el único que acusó de fraude a la Justicia Electoral. Y más allá de que quizás no pueda probarse, todo indica que el fraude fue real, y que contó con la valiosa participación de los medios, antes, durante y después de las elecciones.

Pero que “Marito”, como se conoce a Abdo Benítez, hijo del eterno secretario privado del dictador Alfredo Stroessner, y por lo tanto su heredero “natural”, se convierta en presidente en unos comicios sospechados de fraudulentos no deja de ser una metáfora que retrata los tiempos que vive el país.

Su programa de gobierno recogió viejas banderas de la ortodoxia stronista, como la trilogía “partido, gobierno, fuerzas armadas”, y el Servicio Militar Obligatorio, el SMO, presentado como herramienta de contención, disciplinamiento y reeducación juvenil.

Sus primeros pasos como presidente electo revelan un alineamiento incondicional, y su condición de satélite de Cartes y su grupo, cada vez más ubicado al margen de la ley, no solo por su senaduría abiertamente inconstitucional, sino ahora implicado en una gigantesca operación de lavado de dinero, y la fuga de su principal cabecilla, el brasileño nacionalizado paraguayo, Darío Messer, a quien Cartes llama “hermano del alma”, buscado por la Interpol en más de 120 países.

Su bancada parlamentaria se dispone a respaldar el juramento de Cartes, Nicanor Duarte Frutos y Juan Afara, como senadores activos contra lo que establece con mucha claridad el artículo 189 de la Constitución Nacional de 1992.

El nombramiento como Vicepresidente, de la ex titular de la Corte Suprema de Justicia, Alicia Pucheta, quien curiosamente habilitó la ilegal candidatura de Cartes al Senado, y otorgó la carta de ciudadanía al “hermano del alma” prófugo, supuso la antesala del quiebre institucional en curso, al que todos los analistas coinciden en otorgarle un desenlace de consecuencias imprevisibles para la democracia, en un país de desigualdades extremas, con necesidades sociales urgentes, con más de la mitad de su población económicamente activa condenada a la informalidad y la precarización laboral, con cientos de miles de exiliados económicos repartidos por América y Europa, sin cuyas remesas mucha gente se moriría de hambre, y que son la contracara de una realidad signada por políticas que favorecen a los sectores concentrados de la economía, como el agronegocio, la “patria contratista” y la especulación financiera.

Pucheta asumirá la Presidencia, en reemplazo de Cartes, quien -si todo sigue de acuerdo al plan- renunciará a fines de mayo para preparar su ingreso al Senado.

Con el militarismo y su idea de orden cerrado de los tiempos de la mano más dura, han vuelto también coloridas palabras del folclore lingüístico paraguayo, como el término “Mau”, que por décadas sirvió para denominar a todo lo que es falso, ilegal, copia, como los automóviles, el famoso “auto mau” que le dicen, en la época en que el “contrato privado” reemplazaba a la Cédula Verde.

Así, el ingenio popular convirtió a “Marito” en “MAUrito”, por el carácter supuestamente fraudulento de su elección, que aunque no haya podido probarse en los estrados judiciales se inscribió ya en la memoria colectiva.

Dicen que Stroessner solía decir: “solo falto yo”, cuando repasaba las noticias de lo que sucedía en Paraguay durante su exilio en Brasil. Hoy, aquella frase, de haber existido, sigue tan vigente como el sistema político que dejó hace 29 años, y que no termina de reproducirse como una recurrente fatalidad.

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