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Las lecciones de la Revolución de Mayo

Las lecciones de la Revolución de Mayo
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Por Juan Flores, Centro de Estudios e Investigación en Ciencias Sociales .“El pueblo en cuyo nombre hablamos, está armado en los cuarteles y una gran parte del vecindario espera en otras partes la voz para venir aquí. ¿Quieren ustedes verlo? Toquen la campana, y si es que no tienen el bajado, nosotros tocaremos generala y verán ustedes la cara de este pueblo, cuya presencia echan de menos. ¡Sí o no! Pronto señores, decirlo ahora mismo porque no estamos dispuestos a sufrir demoras o engaños. Pero si volvemos con las armas en la mano, no respondemos de nada”.

Este fragmento es un testimonio muy crudo de lo que fue el 25 de Mayo de 1810. Son palabras de Antonio Beruti, un revolucionario. Beruti había irrumpido patoteando a los cabildantes y sin respeto por los formalismos. Exigía definiciones, quería el poder. ¿Para él solo? No, para su clase, la burguesía de Buenos Aires. Además, tenía apoyos: en las calles y en los cuarteles, la población estaba armada hasta los dientes, agazapada esperando las noticias. Patoteadas, amenazas y presiones. Eso fue la jornada que conmemoramos cada año en los actos escolares. Pero, como se ve, la venta de pastelitos y el reparto de cintitas le dejan lugar a la lucha de clases.  La burguesía de Buenos Aires estaba asaltando el poder del Estado.

Pero veamos más de cerca. ¿Quiénes eran los burgueses? En la época, se los llamaba “hacendados” y eran propietarios de tierras y ganado, que explotaban mano de obra asalariada –y secundariamente, esclavos-.

Estamos hablando de los Saavedra o Pueyrredón, todos hacendados de la campaña de Buenos Aires. ¿Y cuáles eran sus intereses? Como lo explicaban en periódicos y varios escritos, Belgrano, Vieytes o Moreno: expandir las relaciones capitalistas, destruir el monopolio, romper las relaciones coloniales y terminar con la entrega de recursos a España. Y finalmente, sí, crear una nación capitalista, donde pudiera acumular, comprar y vender mercancías, así como explotar trabajadores asalariados libremente. O sea, un espacio donde pudieran ser una clase dominante. Una nación, no al servicio de “todos”, sino para ella. Una nación que todavía no existía.

¿Y quiénes fueron sus enemigos? Principalmente, los comerciantes monopolistas (Martín de Álzaga, Diego de Agüero, entre otros), que defendían los privilegios políticos que la Corona española les habían otorgado para desarrollar sus negocios. Pensemos que el monopolio era un sistema por el cual estos comerciantes fijaban precios a conveniencia y así amputaban una porción de la ganancia de los hacendados, que estaban deseosos de valorizar sus cueros en el mercado.

Pero sin 1806, no habríamos tenido 1810. Con las Invasiones Inglesas había estallado una fuerte crisis política, producto de la rendición de las autoridades coloniales. Fue el momento en que la burguesía y los monopolistas organizaron sus propias milicias armadas, no solo para expulsar a los británicos, sino para dirimir los destinos de la sociedad.

Una de ellas fue el Cuerpo de Patricios, dirigido por Saavedra y numerosos hacendados. La legalidad estaba tan impugnada que en 1807 un Cabildo Abierto había expulsado a un virrey (Sobremonte) y aclamado a otro (Liniers). Por todos lados, brotaban conspiraciones, reuniones secretas, debates políticos y estratégicos. Era una guerra sin tregua. Así, las jornadas de 1810 no cayeron por sorpresa a nadie, como señala hoy más de un historiador académico. Todos se habían estado preparando durante años.

En tiempos donde nos quieren hacer canalizar nuestro descontento a través de las leyes y las urnas, los hechos de 1810 nos marcan un camino diferente: la verdadera salida que pondrá sobre la mesa las soluciones de fondo a nuestros problemas es la revolución. En ese sentido, la mejor enseñanza que hoy nos deja la Revolución de Mayo es la del camino tomado. Aquel que la burguesía hoy prefiere olvidar.

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