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Las elecciones definen un nuevo round en la puja de modelos

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La batalla cultural consiste, entre otras cuestiones, en la disputa por el significado de las palabras. El neoliberalismo resignificó términos y estableció nuevas asociaciones, por ejemplo afirmando que la democracia se basa exclusivamente en un sistema procedimental de elección de representantes, desestimando su valor como gobierno del pueblo. El Estado, considerado ineficiente y burocrático, debe dejar de “mantener vagos” por lo que conviene achicarlo, cambiando su rol proteccionista y solidario. Decretando el fin de las ideologías un capitalismo financiero vino a deteriorar el mundo del trabajo, denominando modernización y flexibilización laboral a la supresión de derechos de los trabajadores. La igualdad fue sustituida por la meritocracia, mientras que la libertad pasó a significar ausencia de restricciones para el mercado, siendo considerado cada individuo como el libre gestor de su vida. El levantamiento de lo que fueran consideradas como limitaciones condujo a la hiperconcentración económica, política y comunicacional, produciendo severas restricciones a la mayoría social. No solo no liberó sino que encadenó aún más a las mayorías: ya casi nada les está permitido.

El mayor triunfo del neoliberalismo es haber construido los medios para perpetuarse: ganó la batalla por la cultura a nivel global y produjo una nueva subjetividad. El neoliberalismo supo imponer los ideales de consumo, riqueza y libertad individual como fines supremos de la vida humana. Logró que esos ideales, no solo operen como mandatos sociales sino que funcionen como una exigencia pulsional para el sujeto. Los ideales de la época devinieron imperativos quedando el individuo neoliberal atrapado -coaccionado por sí mismo- , en una búsqueda ilimitada de consumo y acumulación, en la que coinciden la exigencia del sujeto y la demanda neoliberal, una exigencia descarnada sin defensas, carente de diques culturales como la vergüenza, la moral o el asco, con un padre destituido que ya no prohibe, sin ideología, resultando en un rechazo de la política y una indiferencia ante el sufrimiento del otro.

Quedó demostrado que no es suficiente llegar al gobierno, es necesario batallar y ganar también la cultura que se disputa permanentemente; el conflicto entre las pulsiones implica una economía y una política del goce que no cesa. 

Nos proponemos hacer referencia a una cuestión que tomó nuevamente plena vigencia en los últimos años, cuando la realidad económica y social de nuestro país hizo evidente la necesidad de marcar claramente las diferencias entre dos proyectos de país. 

Uno de los dos modelos o proyectos de país asume un perfil muy específico de carácter neoliberal, vigente en la época de la dictadura militar y en la década de los ’90, y el otro, con una visión del país nacional y social. Así identificamos uno y otro modelo planteando el análisis desde una perspectiva que enfatiza cómo se significan en ambos la dimensión real del país y se postulan formas contrapuestas de inserción en la economía mundial. Al que denominamos “neoliberal” Aldo Ferrer lo describe con un párrafo algo extenso pero altamente ilustrativo: “Es una pequeña economía abierta que tiene una buena base de recursos naturales y cuyo lugar en el mundo es el que le corresponde en una división del trabajo en la cual hay centros que dominan la tecnología y la industria y, por lo tanto, tenemos una posición periférica”. Esta visión se instaló como dominante de la evolución económica desde la Organización Nacional hasta la crisis del ’30 y  sigue vigente hasta nuestros días, aunque el país se industrializó. Este enfoque postula que el país no tiene ahorro suficiente para acumular para encarar el desarrollo con sus propias fuerzas, que no posee capacidad de innovar y que, por ende, ambos vacíos deben ser llenados por filiales de empresas extranjeras que tengan a su cargo el peso central de la inversión y de la provisión de tecnología, de origen importado.

Hay otra visión que también detenta historia y que afirma que la Argentina es un país grande por su dimensión territorial y su dotación de recursos humanos con alto nivel cultural, con gran capacidad de emprendimiento y de gestión por lo que es capaz de construir un desarrollo nacional integrado al mundo. Aquí se reflejan dos afirmaciones muy conocidas del pensamiento de Aldo: “Vivir con lo nuestro” y reconocer que el país tiene la globalización que se merece.

Es factible construir un desarrollo de perfil nacional, con capacidad operativa y posibilidad de insertarse en el mundo con plena soberanía. Eso es “vivir con lo nuestro”. Y es factible integrarse al mundo a partir de un modelo de desarrollo autónomo, con soberanía nacional, avanzando en una inserción internacional sin subordinaciones ni dependencia.

Que quede claro: ambos modelos –el nacional y popular y el neoliberal– se despliegan dentro de la economía de mercado. 

El primero se caracteriza por el protagonismo del Estado, el impulso soberanista y el énfasis en la inclusión social. El segundo, por su confianza en las virtudes del mercado, la apertura incondicional al orden mundial y la prescindencia en la distribución del ingreso. 

El imaginario neoliberal no reconoce la existencia de un problema de estructura productiva. Concibe la inserción internacional en función de las ventajas comparativas estáticas de la economía, basadas en su dotación de recursos naturales. Confía en los impulsos propios del mercado y rechaza el protagonismo del Estado en la creación de ventajas competitivas dinámicas de base científico-tecnológicas,esenciales en la formación de la estructura productiva. Este último postulado es lo que constituye el justificativo para la adopción de medidas concretas del gobierno de Cambiemos, tales como el arreglo con los fondos “buitre” y todo el resto de las medidas adoptadas (metas de inflación para fijar altas tasas de interés por el Banco Central, apertura de los mercados, reprimarización de las exportaciones, desregulación del movimiento de capitales especulativos, indiferencia ante la remarcación de precios, devaluación innecesaria con la compañía de la supresión de las retenciones), que provocan una inflación acelerada y una reducción del poder adquisitivo de los sectores de menor ingreso.

En el modelo nacional y popular, se torna indispensable, siguiendo a Ferrer, “…rechazar la actitud resignada de especializarse en las manufacturas simples, bajo el supuesto de que hay actividades que, por su complejidad, exceden las posibilidades del país. Con este criterio, China, Corea del Sur y las otras economías emergentes de Asia no serían hoy economías industriales avanzadas. Por ejemplo, nada impide que la Argentina cuente con una o más empresas terminales en la industria automotriz, para integrar las cadenas de valor con motores y componentes avanzados y, al menos, erradicar el creciente déficit externo del sector. Lo mismo puede afirmarse en las industrias vinculadas a las tecnologías de la información y la producción de bienes de capital”.

Es fundamental fortalecer el protagonismo y el entramado de las empresas nacionales, en todas sus dimensiones, pymes y grandes. No se construye un empresariado nacional y el desarrollo del país, delegando el protagonismo en las filiales de las corporaciones transnacionales. No hay empresarios nacionales sin un Estado desarrollista ni desarrollo sin empresarios nacionales. En ningún lado, a lo largo de la historia, el desarrollo ha tenido lugar sobre otras bases que la soberanía, el impulso privado y las políticas públicas. Es necesario un nuevo régimen de inversiones extranjeras. Los mejores referentes al respecto son los existentes en China y Corea del Sur. Se trata de ASOCIAR a la inversión extranjera al proceso de transformación, ORIENTANDOLA a la incorporación de tecnología, la ampliación de los mercados externos y la vinculación con empresas locales. Sobre estas bases, las filiales dejan de ser causa para ser parte de la resolución de la restricción externa. Para estos fines es preciso erradicar el vocablo de uso frecuente ‘atraer inversiones’, que implica que el origen de la inversión es esencialmente extranjera, cuando, en la realidad, la fuente fundamental del financiamiento es el ahorro interno. A nivel mundial, las inversiones extranjeras contribuyen con 10% de la acumulación de capital fijo. El 90% restante se financia con ahorro interno de los países.

En este contrapunto de dos proyectos irreconciliables, mi voto a favor de Alberto Fernández encuentra su plena justificación ante el avance del neoliberalismo, regresivo y excluyente, frente al cual hace falta decisión política y suficiente densidad nacional para acometer la aventura del desarrollo inclusivo y soberano.

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