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La transmutación de la UIA

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La Unión Industrial Argentina (UIA) parece haber entrado en un cono de sombra, o más precisamente, da muestras evidentes de estar desbarrancando sin freno hacia el abismo de su anulación como entidad que –por lógica- debería representar y definir al hasta hace poco poderoso Sector Industrial de la Economía Argentina; y esa representación debería abarcar a todas las actividades
industriales de todas las magnitudes empresarias.
Pero muchas veces las cosas no son como parecen, e incluso a veces representan un oxímoron de absurdo total, de sin sentidos incoherentes, cuando no de posturas inviables o directamente impresentables.
Muchas expresiones y consecuentes acciones, demuestran que la UIA solo representa al mega sector empresarial empresario, despreocupándose por el que fuera amplio sector de la PYMES (pequeñas y medianas empresas), que son precisamente las que mayor cantidad de mano de obra calificada emplean, y en su
gran mayoría son de empresarios argentinos; esto a diferencia de las grandes corporaciones, las que o son filiales locales de empresas extranjeras, o son de los relativamente pocos conglomerados industriales grandes de capitales locales, en muchos casos vinculados con proveedores de tecnología extranjera y/o
frecuentemente tomadores de créditos foráneos o locales en monedas extranjeras.
Pero mucho más preocupante aun, es la filosofía político – económica imperante en el universo de empresarios o de CEOs de grandes empresas industriales con sede en nuestro país.
Claramente, tal como traslucen sus dichos y acciones, son cerrados
partidarios del neoliberalismo, apoyando incluso su versión más salvaje, deshumanizante y apátrida, como la que actualmente padecemos en Argentina. Y es bien conocido por cualquiera medianamente bien informado, que el neoliberalismo postula como principios básicos un conjunto de acciones que tienen como objetivo central desindustrializar y someter financiera y políticamente a las economías de los países no desarrollados, con especial énfasis en abortar procesos de desarrollo en potencias emergentes o en las naciones que se encontraban al umbral del desarrollo. Este último era el caso de Argentina, antes que esta versión recargada del neoliberalismo arremetiera con saña feroz
para empujarnos al subdesarrollo crónico, a una triste realidad de feudalismo decimonónico, e inclusivo a forzar el desguace total de nuestro país para balcanizarnos y volvernos geopolíticamente inviables.
Claramente la UIA no representa más que a las grandes  corporaciones desentendiéndose de la suerte y el futuro de miles de empresas medianas y pequeñas, que están siendo brutalmente agredidas y en muchos casos heridas de muerte por el genocida programa político – económico vigente, causante de incesantes cierres de empresas industriales (y comerciales), en un proceso que va en aumento, el cual también persigue con hipocresía aumentar exponencialmente las legiones de desocupados crónicos, para forzar con eso una baja de los salarios a niveles de infraconsumo y de miseria institucionalizada.
Esa postura de hecho antinacional y cerradamente anti industrial, podría “entenderse” en el caso de CEOs o grandes ejecutivos extranjeros, con libretos dictados desde sus casas matrices, a las que les sería indiferente producir en Argentina o transformarse en meros importadores de sus productos fabricados en sus casas matrices o en otros países que no adoptaron el industricidio como parte del “credo económico”, por caso México y Brasil, y no son los únicos casos. 
Pero tratándose de empresarios dueños o directivos de empresas de capital nacional, esa postura es claramente industricida, pues la apertura total a la que fervorosamente adhieren, la desprotección total del mercado interno y el conjunto de políticas claramente anti industriales y peor aun, fomentadoras de la destrucción generalizada socio económica; todo eso implica atacarse a sí mismos, pues ninguna empresa argentina podrá competir o incluso subsistir, en el contexto de la selva financiera transnacional y la competencia desigual con grandes empresas transnacionales con fuertes apoyaturas de los Estados en los que se asientan sus casas matrices, además con los claros respaldos de la mega Banca
transnacional; la cual tiende a la globalización y a la desaparición de los Estados que no alcanzaron el pleno nivel de desarrollo.
Para usar una frase popular, “se pegan un tiro en el pie”, y en esas
condiciones pretenden correr la gran maratón de la supervivencia internacional.
Faltaría analizar si esos empresarios son simples colonizados mentales, de deficientes formaciones político – económicas, adhiriendo por eso a doctrinas “políticamente correctas” pero claramente negativas; si tal vez lo hacen presionados por sus entornos y sus círculos de contactos sociales cercanos (habida
cuenta que la oligarquía, hoy ramificada al Sector Industrial, ha sido siempre ultra liberal, antiestatista y mentalmente subordinada a las potencias anglosajonas); o si priva en ellos la mentalidad de casta, teniendo como prioridad “domesticar” a los asalariados al estilo del feudalismo campero y de los países con mano de obra
semi esclava o de míseros salarios de subsistencia, no importándole si uno de los “costos secundarios” es involucionar de industriales a meros importadores; o si lo único que les interesa es continuar sin limitaciones con el “deporte empresario” de fugar divisas a granel, al costo de desangrar financieramente al propio país.
Empresarios como Miguel Acevedo (presidente de la UIA), que festeja el tratado de “libre comercio” con la Unión Europea, que de ratificarse seria el acta defunción de la industria y la tecnología nacional; como su antecesor Héctor Méndez, que con su nulo gracejo expresivo afirmó preferir seguir apoyando a Macri, pese a los intencionalmente desastrosos resultados de su destructivo
gobierno; como Cristiano Ratazzi, a quien no le importa que las empresas que dirige (Fiat e Iveco) muten de industriales a importadoras, solazándose públicamente de poder “enviar ‘libremente’ dividendos al exterior” (léase fugar divisas impunemente); como Luis Pagani, que con su apoyo al  neoliberalismo facilitó las condiciones para que su empresa alimenticioa (ARCOR) tuviera resultados negativos por primera vez, ante la caída del mercado consumidor; como Alejandro Pescarmona, cuya gran empresa industrial y tecnológica
seguramente será absorbida por alguna transnacional o tendrá serios problemas de ahogos, ante la desprotección y la caída del mercado interno; o como Paolo Rocca, que invierte afuera mientras produce menos adentro, y ahora se extiende al protegido sector hidrocarburífero, en el cual tiene desavenencias con el gobierno, ante limitaciones en las fuertes subvenciones acordadas y hoy puestas en la picota por las “instrucciones” (léase órdenes) del FMI. Rocca, como otros empresarios de la UIA, demostraría ser un neoliberal al que no le molestan las subvenciones, mientras lo favorezcan a él y a su grupo de vinculados; pero apoyan o no le molestan las destrucciones del resto del tejido social, económico y
principalmente industrial de Argentina, además de la claudicante política exterior vigente. 
Lejos están de las señeras posturas de patriotas como Arturo Jauretche; Raúl Scalabrini Ortiz; el gran economista Aldo Ferrer; e incluso del ingeniero y empresario industrial Marcelo Diamand, con su notable libro “Doctrinas económicas, desarrollo e independencia”, que pese a las décadas transcurridas mantiene notable actualidad.
Así como la sabiduría política de Perón le hizo apoyar en su tercera
presidencia a la Confederación General Económica, pues ya había advertido el tinte neoliberal y por ende apátrida de la UIA; las dirigencias de los últimos años y el núcleo del “círculo rojo” de empresarios que apoyan al neoliberalismo fugador de divisas y destructivo primarizador económico, transformaron la UIA en la Unión Industricida Antiargentina.

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