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La moribunda industria argentina

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El 2 de setiembre se conmemoraba el día de la Industria Argentina.
Es todo un símbolo que en este desastroso año 2018, la fecha haya pasado totalmente desapercibida.
El hecho no es casual, pues el neoliberalismo recargado y furioso, que encarna el hoy maltrecho y desgastado macrismo, es claramente la versión más crudamente expresada del industricidio ejecutado con intencionalidad y alevosía.
Evidentemente, la dureza inusual y la metodología inmisericorde del shock antiindustrial y antitecnológico (del golpe demoledor en todos los frentes a la vez) aplicado a rajatabla, supera a todos los planes precedentes que en diversos momentos históricos buscaron retrotraer a Argentina al perimido e hiper dependiente rol de pasivo proveedor de materias primas con nula industrialización.
Ese modelo de país feudal en lo socio político y meramente primario en lo económico, fue mantenido a rajatabla, casi sin excepciones, por la oligarquía vacuna puesta a gobernar en forma excluyente por el régimen mitrista y sus continuadores, durante más de seis largas décadas, sostenido mediante el fraude electoral, el voto cantado y un rosario casi interminable de violencias institucionales de todo tipo.
Vendría después la década infame (en rigor desde 1930 a 1943), en la cual salvo honrosísimas excepciones, los detentadores del poder competían por alcanzar peores niveles de cipayismo y de sumisión total y explícita a los poderes extranjeros, en particular de Gran Bretaña. Posiblemente el caso más rastrero de sumisión a los designios del vetusto imperio, haya sido el del catamarqueño Guillermo Leguizamón, integrante de la comisión negociadora del infame Pacto Roca – Runciman, de entrega explícita y vil de la soberanía argentina a los designios británicos. Fue nombrado Lord por su sumisión total al imperio, despreciando todo signo de argentinidad.
Vendrían después los genocidas fusiladores de 1955, furiosos retrógrados que buscaron reestablecer el país estancia de estructura clasista y feudal (“el hijo del obrero deberá resignarse a ser obrero”, era el concepto que con más crudeza definió a esos militares liberales anglófilos y a los oligarcas y los personeros de los intereses extranjeros que los usaron como mascarones de proa).
Industricidas viscerales, odiadores de los obreros sindicalizados que caracterizan a las actividades industriales, entre otras cosas “patrióticamente” impidieron que en esos años Mercedes Benz concretara la primera gran inversión de la firma alemana en el exterior, la cual estaba planificada concretarse en Argentina, para producir camiones y ómnibus semipesados. Estando en viaje, las maquinarias se derivaron hacia Brasil, de donde poco tiempo después importaríamos los vehículos de carga que deberían haberse producido acá.
También desarticularon completamente el exitoso proyecto del Pulqui, que nos convertía en el cuarto país del mundo que producía cazas a reacción (junto a EEUU, la URSS y Gran Bretaña.
¡La oligarquía vacuna campera, exultante de felicidad, por “corregir los pecados” de industrializarnos y desarrollar tecnologías propias de avanzada!
No debe obviarse el hecho que todo el arco opositor al peronismo apoyó los fusilamientos y otras tropelías de los milicos liberales pro británicos, incluyendo en ese arco a los socialistas, radicales y otros.
Después, al desarrollar un plan industrialista el desarrollismo de Frondizi, con más aciertos que errores por cierto, el mismo sector ultra conservador con los mismos milicos liberales, se encargaron de complicarle toda la interrumpida presidencia, obligándolo a nombrar al personero del ultra liberalismo Álvaro Alsogaray como Ministro de Economía, para destrozar con saña lo mucho que se había comenzado a desarrollar; y esos mismos sectores terminaron defenestrándolo y encarcelarlo, sin cargos concretos, por pura vengatividad política.
Encarcelamientos, asesinatos y destierros son metodologías vengativas repetitivas de los personeros del liberalismo económico, cuando llegan al poder formal, tal como lo analicé en mi libro “Tormentosa Argentina”.
A mediados de los años ’60, en medio de los tironeos internos del poder, se había conformado un gobierno cívico militar “no convencional”, pues no resultó crudamente volcado al liberalismo, como casi todos los golpes de Estado del siglo XX en Argentina; habiendo demostrado tener componentes claramente nacionales, desarrollistas e industrialistas, con nombres como el General Guglialmelli y el economista Aldo Ferrer como principales referentes de esa heterodoxia económica.
Sin que implique ocultar gruesos errores (como La Noche de los Bastones Largos en la UBA) y otras represiones a universitarios, obreros y militantes nacionales; tampoco puede soslayarse que hubo muy fuertes impulsos al desarrollo tecnológico y a la industrialización.
Se impulsó la producción con destino dual (civil y militar) de vehículos todo terreno livianos, medianos y pesados, del blindado nacional TAM, del avión Pucará, entre otros insumos militares y estratégicos; y a la vez hubo un fuerte desarrollo de otras industrias, como la automotriz, produciéndose desde entonces camiones pesados, y lográndose una integración nacional superior al 90 % en los automotores nacionales. Un notable logro, fue la producción de calculadoras, de diseño nacional, incluyendo en el rubro a la segunda micro calculadora producida en el mundo. Para dar una idea, en esos años Corea del Sur aun no había desarrollado su hoy poderosa industria electrónica, lo que logró con fuertes apoyos del Estado (o sea fuera de los dogmas liberales, siempre engañosos y falaces).
Los apoyos al Plan Nuclear en los gobiernos de Onganía y Levigston fueron los mayores de la historia argentina hasta ese momento, solo superados por el fortísimo impulso dado al desarrollo nuclear nacional desde 2006 hasta 2015, previsible y lastimosamente abortado por el actual gobierno neoliberal.
Pero después del breve segundo gobierno peronista, el poder ultra conservador en lo político y ultra liberal en lo económico; con las “complicidades” implícitas de la provocadora violencia guerrillera que dio excusas para asaltar el poder a los militares liberales (siguiendo el “libreto” dictado por el británico Harry S. Ferns, y muy bien descripto años después por el patriota Dr. Julio C. González); ese sector retrógrado y oligárquico, con la fórmula habitual del “animémonos y vayan”, logró que se perpetre otro golpe de Estado; el cual esta vez demostró estar dispuesto a demoler todas las estructuras económicas que por tercera vez nos habían puesto en el umbral del desarrollo (las dos anteriores en 1955 y 1962).
El siniestro “proceso”, con las FFAA y FFSS operando como tropas de ocupación, dejó el campo despejado para que Martínez De Hoz, sus secuaces y continuadores, instalen a punta de fusil el neoliberalismo en Argentina.
Desguazaron con ferocidad al sector industrial, con la apertura económica, la sobrevaluación del peso, los altísimos costos financieros y la quita de toda herramienta de promoción industrial, además del achicamiento del mercado interno por las bajas de los salarios reales.
Destruyeron ramas enteras de producciones industriales y desincentivaron los desarrollos tecnológicos.
Todo ese desastre socio económico prosiguió en los gobiernos civiles posteriores, excepto unos pocos meses en el gobierno de Alfonsín, conformándose el período que puede calificarse como “la partidocracia cleptocrática”, cuyos peores años fueron los años ’90 (presidencias de Menem y De La Rúa), que nos llevaron de bruces a la crisis terminal de 2001/2002, la cual nos puso al borde de la disolución nacional; de la cual emergimos casi milagrosamente, entre otros motivos gracias al respaldo académico del Plan Fénix, obra del ya citado Ferrer y otros destacados economistas heterodoxos de mentalidad nacional.
En esa década del ’90, las medidas anti industrialistas y anti tecnológicas fueron de una ferocidad desconocida, revestidas de un cinismo a toda prueba para aplicarlas, mientras el sector financiero se hacía el festín, y las oligarquías camperas ganaban a manos llenas indiferentes a la destrucción nacional.
Inesperadamente para los agoreros del pesimismo, la economía y el tejido social argentino se recompusieron rápida y profundamente, al amparo de políticas económicas keynesianas, con el Estado activo, protector del mercado interno y promotor de la industria y la tecnología nacional. Los datos macro económicos y macro sociales prueban acabadamente esta afirmación; respondiendo esos resultados claramente a decisiones políticas, incluso más allá de una coyuntura mundial favorable hasta 2008 y aun a pesar de la gran crisis mundial comenzada en ese año. Renacieron ramas industriales antes extinguidas, se fortalecieron todas las existentes, disminuyó la deuda externa, mejoró sensiblemente la situación social y el PBI se duplicó, entre otros indicadores muy
positivos…cuidadosamente ocultados o falseados por los voceros del neoliberalismo.
Con el actual gobierno, el paquete de medidas fue desde el comienzo claro y contundente, tendiente a destruir las industrias, desguazar entes tecnológicos, desarticular las economías provinciales, concentrar la riqueza en pocas manos, subordinarnos a las Potencias Atlantistas para volvernos de nuevo a ser el patio trasero de EEUU y de Europa Occidental, desarticular la educación pública, la salud y la previsión social, empobrecer a las mayorías, y previsiblemente, fomentar la disolución nacional implementando una versión remozada del siniestro Plan Morgenthau.
En ese brutal contexto, “sobran” la industria y la tecnología nacional, “lujos” que no se puede permitir una vulgar colonia subordinada al mega poder financiero transnacional y las potencias asociadas al mismo.
Y en ese esquema perverso y apátrida, sobramos al menos 20 millones de argentinos.

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