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La fauna regresa tras recuperar el corredor Urugua-í-Foerster en Misiones

La fauna regresa tras recuperar el corredor Urugua-í-Foerster en Misiones
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Un carpincho o capibara hace su aparición con paso tranquilo cuando comienza a caer la tarde. Para nadie resulta una sorpresa. En definitiva, no hace más que cumplir con una rutina que se repite casi a diario en la Reserva Privada San Sebastián de la Selva. Humberto, como lo llaman en el lodge, se aleja de sus congéneres que a esas horas suelen poblar la orilla de la laguna interior de la finca y se pasea despreocupadamente por las instalaciones del establecimiento ecoturístico como si fuese un huésped más. No molesta a nadie, nadie lo molesta. Es parte del paisaje.El precario mirador que se levanta a mitad de camino del sendero Kate, en la vecina Reserva Yateí, ha quedado atrapado entre el follaje. Servía para apreciar desde la altura la evolución de la capuera, el nombre que en la zona recibe el bosque secundario, fruto de la regeneración de la foresta nativa. Pero hoy las copas de los árboles que aprovechan la humedad tropical para crecer sin freno le han sacado unos metros de ventaja al viejo mirador en su carrera hacia el cielo. El dato no parece importarle al ocelote que se ha adueñado de ese territorio seguro. Sus excrementos andan diseminados sobre el piso de madera del viejo observatorio y sirven como elementos de prueba de su presencia permanente.A la distancia, el ecoducto que atraviesa la ruta provincial 101 —que cierra por una de sus caras el Parque Provincial Urugua—í se asemeja cada vez más a una pintura figurativa. No deja de ser un puente que cruza la calzada, salvo por un hecho que lo torna diferente a cualquier otro: la selva cubre su superficie y el verdor de las copas de los árboles se recorta en el horizonte.

carpincho (Hydrochoerus hydrochaeris) en corredor Urugua-í - Foerster. Foto: Rodolfo Chisleanschi.
Este carpincho (Hydrochoerus hydrochaeris) se ha convertido en visitante habitual de la Reserva San Sebastián de la Selva. Foto: Rodolfo Chisleanschi.

Se trata de apenas tres imágenes que alcanzan para dibujar y explicar de qué se trata el Corredor Biológico Urugua-í – Foerster, un original proyecto que comenzó a gestarse en 2002 y que, 17 años más tarde, se ha convertido en todo un ejemplo de conservación y gestión de la flora y fauna.

La conciencia medioambiental de los dueños de pequeñas reservas privadas y fincas particulares es la que ha permitido armar este auténtico rompecabezas en el que la naturaleza se ha ocupado de recrear el bosque que la presencia del ganado vacuno o cultivos como la yerba mate habían hecho desaparecer.

El resultado: la recuperación de bosque atlántico en un corredor biológico clave para conectar la flora y fauna del Parque provincial Urugua-í con el Parque provincial Guardaparque Horacio Foerster.

El hurón mayor (Eira barbara) es un visitante frecuente de las reservas que componen el corredor Urugua-í - Foerster. Foto: Cámara trampa - Diego Varela.
El hurón mayor (Eira barbara) es un visitante frecuente de las reservas que componen el corredor. Foto: Cámara trampa – Diego Varela.

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Objetivo: salvar de la extinción a la mata atlántica

 

Situado en el extremo nororiental de la Argentina, al norte de la provincia de Misiones y apenas a un centenar de kilómetros de las imponentes y archiconocidas cataratas del Iguazú, el corredor cumple con una función central: conectar dos parques provinciales. Y este es el mayor logro de una batalla librada y ganada por un grupo de jóvenes biólogos de la Universidad de Buenos Aires que decidió plantear, frente al avance agresivo de la producción agrícola y ganadera, una salida para evitar la extinción de las áreas de mata atlántica (o bosque paranaense) que antaño cubrían grandes extensiones de la zona.

 

 

 

“Desde el inicio, el objetivo fue crear un continuo de selva en el norte de la provincia. Nuestra pretensión es que un animal que esté en el Foerster pueda, a través del corredor, llegar al Parque do Iguassú, en Brasil, atravesando el Urugua-í, el Parque Nacional Iguazú de Argentina y el río, que para los mamíferos medianos y grandes no constituye una barrera”, explica el biólogo Diego Varela, director de la ONG Centro de Investigaciones del Bosque Atlántico (CEIBA).

La idea, sin embargo, tenía algunos pilares sólidos donde apoyarse. En principio, porque Misiones es la provincia argentina que más dedicación y empeño ha puesto en el cuidado ambiental. En 1983  se creó el Ministerio de Ecología y Medio Ambiente, el primer órgano de gobierno con ese rango en Latinoamérica; y en la actualidad ya cumple con la premisa exigida en el Convenio de Diversidad Biológica de que antes de 2020, el 17 % de un territorio debe encontrarse amparado por algún tipo de protección efectiva.

“Hace muchos años que mantenemos la visión estratégica de apostar por la protección de nuestros ecosistemas”, afirma Juan Manuel Díaz, ministro de Ecología de Misiones, “lo que nos permite ser un referente del tema a nivel nacional y regional”.

El sistema de áreas naturales protegidas de Misiones protege hoy 778 662 hectáreas, una superficie distribuida entre parques provinciales, reservas naturales y una reserva de biósfera reconocida por la Unesco.

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El bosque paranaense ha perdido el 92 % de su superficie

 

La selva paranaense, la segunda más grande del continente solo superada por la amazónica, llegó a ocupar en sus mejores días alrededor de 120 millones de hectáreas en una amplia zona del suroeste de Brasil, el este de Paraguay y el noreste argentino, pero en la actualidad ha quedado disminuida a una expresión mínima, que apenas alcanza el 7,8 % de la superficie original total. Peor aún, la mayoría de las áreas remanentes se encuentran aisladas entre sí, comprometiendo seriamente la diversidad genética de las especies que las habitan. Pero es justamente en Misiones donde se halla el mayor y mejor conservado bloque de mata atlántica de Sudamérica.

 

 
 

La certeza de esta preocupante realidad fue lo que movió a Varela y sus compañeros a pensar en la posibilidad de crear un corredor biológico en un espacio que se prestaba para llevar a cabo el intento, dado que solo tres kilómetros separan a los parques Foerster y Urugua-í.

Las fotos tomadas por los satélites de Google Earth a comienzos de este siglo eran elocuentes. Las cuadrículas perfectas que iban acomodándose sobre el terreno como si fueran las barras de un Tetris no dejaban dudas sobre el uso agrícola o ganadero al que estaban destinadas. Las manchas verdes de las áreas protegidas se apreciaban dramáticamente separadas. No existía prácticamente ningún rastro de la foresta original y en su lugar solo podían apreciarse extensiones yermas, marrones u ocres, atravesadas por las líneas rectas de los cultivos.

“San Sebastián de la Selva fue la primera chacra (finca de campo) que fuimos a visitar cuando llegamos con nuestro proyecto”, relata Diego Varela, quien también es investigador asociado en el Instituto de Biología Subtropical que depende del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) y tiene su sede en la Universidad de Misiones.

“Los dueños eran una pareja de personas mayores, los Camilo. A su manera —explica Varela— y más allá de tener vacas y cultivos en parte de su lote, habían puesto en marcha un emprendimiento agroturístico y al mismo tiempo habían comenzado un cierto trabajo de conservación. Entonces empezó nuestra tarea para conseguir fondos que nos permitieran sumar otros lotes a la causa y de ese modo ir construyendo el Corredor entre los parques”.

El paso inicial fue presentar la idea ante el Conservation Leadership Programme, un programa establecido por un consorcio de instituciones internacionales dedicadas a la conservación medioambiental. La propuesta de los biólogos argentinos ganó el primer premio, al que seguirían otros dos en los años siguientes. “En 2006, por fin, y gracias al apoyo de la oficina holandesa de la UICN (Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza) logramos reunir el dinero para comprar un lote de 17 hectáreas que hoy compone la Reserva Yateí. Más tarde pudimos adquirir la finca Los Tatetos, de 60 hectáreas, que limita con el Parque Foerster”, rememora Varela.

 Un grupo de urracas comunes (Cyanocorax chrysops) en el corredor Urugua-í - Foerster. Foto: Rodolfo Chisleanschi.
Un grupo de urracas comunes (Cyanocorax chrysops) descansa al caer la tarde en San Sebastián de la Selva. Se trata de una de las especies más comunes del bosque paranaense. Foto: Rodolfo Chisleanschi.

Mientras tanto, las autoridades locales tomaron en 2008 la decisión de apoyar la idea con la construcción de dos pasos subterráneos de fauna —cada uno con una porción húmeda y otra seca— por debajo de la ruta 101, que por entonces estaba en pleno proceso de asfaltado. El posterior ecoducto coronaría una tarea conjunta que buscaba ofrecerle a animales y plantas senderos despejados y seguros para salvar el siempre peligroso obstáculo del asfalto.

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Los dueños de las reservas

 

La recuperación de la selva se había puesto en marcha, y Omar Machado, “Nené”, fue uno de los primeros en sumarse a la aventura. Nacido en el pueblo de 25 de Mayo, en el centro de la provincia, vive en la zona desde los diez años de edad. “Trabajaba en la construcción en esos años y me tocó hacerlo en las obras de los pasos de fauna”, cuenta antes de aportar un dato clave que acabaría cambiándole la vida: “La conservación me interesaba desde chico, gracias a lo que me enseñaron en la escuela, y aproveché la oportunidad para contactar con Diego Varela, que me ofreció trabajar con ellos en Yateí. Desde ese momento formo parte del proyecto”.

El resto del rompecabezas se fue armando paso a paso. “Todos somos gente común, de clase media, comprometidos con el cuidado del medio ambiente y la biodiversidad de la zona”, enfatiza Emiliano Teres, guardaparque nacional y dueño junto a su madre de la Reserva Yvytú.

A través de contactos, amigos o conocidos, se fueron sumando más amantes de la naturaleza, como la señora enamorada de los árboles que guardaba los ahorros de su vida en frascos enterrados en el jardín de su casa de Buenos Aires y que decidió invertirlos en la compra de un lote por puro afán conservacionista. A veces de casualidad, se unieron personas como la madre de Emiliano, que estaba en la búsqueda de un espacio para depositar los residuos biológicos que no podía clasificar en su casa de Puerto Iguazú y en un paseo vio el cartel de venta de un lote. En ocasiones, por cercanía y convicción, llegaron biólogos como Julián Baigorria, que trabajó durante varios años en Conservación Argentina y hoy es dueño de la Bio-Reserva Karadya; o como el mismo Nené, que por el simple orgullo de ver cada día la regeneración del bosque terminó sustituyendo la antigua finca agrícola heredada de sus padres por otra más pequeña, de cinco hectáreas, en la nueva área en crecimiento.

En el vivero de la Reserva Yateí se preparan los plantines de especies autóctonas que ayudan a reforestar las antiguas zonas de pastoreo y cultivo. Foto: Diego Varela.
En el vivero de la Reserva Yateí se preparan los plantines de especies autóctonas que ayudan a reforestar las antiguas zonas de pastoreo y cultivo. Foto: Diego Varela.

14 lotes integran actualmente el Corredor Biológico, que ocupa unas 2500 hectáreas, los citados tres kilómetros de largo que separan los parques provinciales y una franja que oscila entre ocho y diez kilómetros de ancho. Hay 8 reservas en funcionamiento que todavía deben coexistir con chacras que mantienen su producción agrícola-ganadera, aunque poco a poco sus dueños van comprendiendo la necesidad de practicar un tipo de agricultura más amigable y compatible con los objetivos que se persigue con la creación de este espacio.

En todo caso, las fotos de Google Earth muestran hoy una realidad diferente a la de antaño: el bosque ya se extiende sin interrupciones entre las 84 000 hectáreas del Parque Urugua-í y las 5000 del aislado Parque Foerster. El Corredor Biológico ha dejado de ser una quimera en la mente soñadora de un grupo de estudiantes.

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En la provincia de Misiones existen 29 reservas privadas

 

“Para nosotros se trata de un modelo a seguir”, subraya el ministro Díaz. “Las reservas privadas son un recurso fundamental en la conservación porque complementan la tarea del Estado”, señala y acompaña con datos su afirmación. La provincia de Misiones cuenta con la mayor cantidad de áreas protegidas privadas de la Argentina (29, y otras 7 están esperando ser aprobadas); en buena medida, el número se explica por los beneficios fiscales y económicos que reciben los propietarios, a quienes además se les brinda apoyo en la gestión de la reserva, la formulación del plan de manejo y la caracterización biológica de su parcela.

Las cañas de tacuaruzú, el bambú más grande que crece en la provincia, ocupan las zonas húmedas de la Reserva Yateí junto a las de otras variedades semejantes, como el yatebó, el yacaratiá o el tacuarembó. El sendero Kate, un homenaje a la joven holandesa que más apostó por la concreción del proyecto y que falleció hace algunos años en un accidente en su país, transita entre árboles mirtáceos de nombres sonoros (guaporetí, guabirá, pitanga y cerella). Algunas de las más de 200 especies botánicas nativas de la zona, como guatambúes, cedros, laureles o palmeras pindó ofrecen su generosa sombra al caminante. No hay especies exóticas. La propia naturaleza se ocupa de la reforestación, apenas ayudada por plantines de esas mismas variedades que crecen en el vivero de la reserva.

Sendero Kate en el corredor Urugua-í - Foerster. Foto: Rodolfo Chisleanschi.
Sendero Kate. Foto: Rodolfo Chisleanschi.

Lo mismo ocurre en el caso de la fauna. Poco a poco, el corredor se ha visto recolonizado por los animales originarios del bosque que se encontraban separados por las chacras y la ruta 101.

Hoy, el sonido de las aves que se esconden entre las ramas vuelve a acompañar las caminatas. “Se calcula que hay unas 330 variedades registradas en la región, entre ellas las cinco especies de tucanes que existen en Argentina”, remarca Julián Baigorria, que tiene en los birdwatchers extranjeros y nacionales a sus principales clientes.

 

 
 

 

Si se observa con atención, a ras del suelo se van encontrando las huellas de zorros, hurones y coipos, de la corzuela colorada (un venado de escasa estatura, endémico de la región), cada tanto pueden verse algunas de felinos menores como ocelotes, tiricas y yaguarundíes. Las capturas de las cámaras trampa situadas en los pasos de fauna informan que también algún oso hormiguero cada tanto atraviesa el corredor abierto para unir el Urugua-í con el Foerster. El aislamiento de este último parque ya es cosa del pasado.

“Nos faltan el tapir y el yaguareté”, confiesa Diego Varela con cierta ansiedad. Los tapires se extinguieron hace más de 20 años en el pequeño Parque Provincial Foerster, pero su presencia está certificada al otro lado de la ruta. “Trasladarse por un paso de fauna es una situación de riesgo para los animales”, analiza, y explica que esa es la razón por la cual las especies más sensibles son las que más demoran en aparecer en las fotos de las cámaras trampa. Lo mismo ocurre con las hembras con crías. Es una cuestión de confianza y prevención. “Los animales tratan de minimizar los riesgos, y por eso se ven cruzar más individuos, y sobre todo más hembras, por el ecoducto que por los pasos subterráneos, donde hay menos luz”.

 

 
 

 

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En la región, la población de yaguaretés se ha duplicado en la última década

 

El yaguareté o jaguar (Panthera onca) es un caso aparte. Emblema absoluto del noreste argentino —donde ha sido declarado Monumento Natural— y de la mata atlántica, el felino más grande del continente y tercero del mundo por detrás del tigre y el león lleva muchos años figurando en la Lista Roja de Especies Amenazadas de la UICN y, por otro lado, en el Libro Rojo de la Sociedad Argentina para el Estudio de los Mamíferos (SAREM) se considera a la especie como amenazada. Sin embargo, en los últimos años la tendencia en Misiones ha empezado a cambiar. De 40 ejemplares registrados una década atrás en los bosques de la provincia se ha pasado a poco más de un centenar, aunque su paso por el corredor biológico sigue haciéndose desear. “Hay unas huellas que según algunos especialistas serían de yaguareté, pero no estamos convencidos. A nosotros nos parecen de puma, y como todavía no vimos la foto…”, se lamenta Varela.

El cuidado de la joya zoológica de la región impulsa nuevas medidas. Dos nuevos ecoductos están en plena etapa de construcción sobre la ruta que atraviesa el Parque Urugua-í, y en ese mismo tramo de carretera se pondrá en marcha próximamente un sistema de control a través de fibra óptica para poder medir con exactitud la velocidad promedio de los vehículos que por allí transitan. La meta es comprobar si cumplen con la normativa de no superar los 60 kilómetros por hora de velocidad máxima, y sancionar con severidad a quienes no lo hagan.

En esta vista cenital del ecoducto puede verse una vegetación más baja en el área central. Es mantenida de esa forma para facilitar las tomas fotográficas de las cámaras-trampa. Foto: Roberto Simonetti.
En esta vista cenital del ecoducto puede verse una vegetación más baja en el área central. Es mantenida de esa forma para facilitar las tomas fotográficas de las cámaras-trampa. Foto: Roberto Simonetti.

El atropellamiento es uno de los problemas más serios que afronta el yaguareté y buena parte de la fauna en estos parques. Otro es la caza furtiva. “Se trata de un hecho cultural que permanece desde hace mucho tiempo”, explica el guardaparque Emiliano Teres. Se caza por placer y para obtener carne sin pasar por el supermercado. La falta de suficiente personal de control dentro del corredor impide ser más efectivo a la hora de limitar esta práctica. Se espera que la inminente cesión de la Reserva Yateí al Ministerio de Ecología provincial solucione el problema, ya que permitirá sostener de manera permanente la seguridad en el área.

“La gente de los alrededores ha ido cambiando su mentalidad en estos años, va tomando conciencia de lo que está pasando. Pero para mí lo fundamental es enseñar educación ambiental en las escuelas de la región”, opina Omar Machado. Teres coincide con su punto de vista: “Hay que trabajar con los hijos de los furtivos para hacerles entender el daño que están provocando y provocándose a ellos mismos”.

A la misma hora que el carpincho Humberto se acerca a dar su paseo vespertino en San Salvador de la Selva, los estudiantes de la Escuela de Guardaparques que realizan sus prácticas en la Reserva Yateí, que en fechas próximas pasará a manos del Estado provincial, cocinan reviro, un plato típico de la zona a base de harina, agua y sal, para acompañar el guiso de pollo.

Trabajo de monitoreo en el corredor Urugua-í - Foerster. Foto: Celine Lardinois.
Trabajo de monitoreo en el corredor Urugua-í – Foerster. Foto: Celine Lardinois.

Las sombras de la noche van ganando terreno y los animales nocturnos comienzan su ronda diaria a través del Corredor Biológico Urugua-í – Foerster, ese pasillo de selva recuperada que alguna vez fue un sueño y hoy es un puente verde en el que se respira vida y naturaleza.

Imagen central: Grupo de yaguarundíes sobre el ecoducto. Felino de pequeño tamaño ocupa toda el área de la selva misionera. Foto: Cámara-trampa – Diego Varela.

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Un Comentario

  1. No se puede leer todo el texto porque parecen como imágenes recortadas en sus márgenes.

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