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Consumismo: Una nueva escala de valores

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El liberalismo ha implantado en la sociedad mundial la política del consumismo que le reporta grandes dividendos en una dimensión no imaginada por sus promotores con tal efecto, que hoy, no es concebible una sociedad donde, desde las paupérrimos habitantes de la sábana Africana a los opulentos de EE.UU. y Europa que no estén atentos al lanzamiento de nuevos productos que imaginan que les reportará un mayor confort.

En ese sentido, se ha implantado una cultura que valoriza lo que podríamos denominar “chiches tecnológicos”:Televisores cada vez de mayor dimensión de pantalla y nitidez de imagen; heladeras con temperaturas reguladas para cada tipo de alimentos y donde no hace falta abrir la puerta para servirse de un vaso de agua helada que es suministrada por una canilla lateral; lavarropas programables
donde dejar la ropa e irse al trabajo o de compras para volver horas después y encontrar toda la tarea realizada; computadoras, que además de su función normal, se puede ver la película que uno desea o escuchar la música de su preferencia; fabulosos teléfonos digitales que realizan las funciones propias de establecer una comunicación, más el agregado de TV, GPS, cámara fotográfica, radio, reproductor de MP3, linterna, etc., y así, a cada “chiche” que no ha impuesto el consumismo, las modificaciones que le imprimen a los mismos, hace que lo que hemos adquirido se vuelvan anticuados en los próximos seis meses, incitando nuestra egolatría a adquirir lo nuevo de este mercado.

Esta cultura del consumismo que aspira a que accedamos a una vida más confortable, ¿en qué consiste?. Muchas de ellas en evitarnos las tareas físicas que conllevan lavar platos, enjuagar ropas, no visitar personalmente y chatear o hablar por celular con la persona del piso de abajo y en fin, cualquier tarea que nos signifique esfuerzo, lo que tiene como consecuencia el desarrollo de un cuerpo que va perdiendo tonicidad y energía con tendencia a engordar y un apego al sedentarismo. Para contrarrestar estos efectos perniciosos, nos imponen una dieta rigurosa supervisada por un nutricionista y concurrir a un gimnasio o hacer largas caminatas según la recomendación de un médico, contingencias que hubiéramos evitado realizando aquellas tareas menos “confortables”.

Esta extendida cultura de valorizar los “chiches tecnológicos” y que hacen más “confortable” nuestra vida, nos plantea un interrogante existencial que nos induce a preguntarnos ¿qué calidad de valor tiene el “confort”?. Aquí se nos abre un abanico de posibilidades en la que podemos destacar que el “confort” tiene un valor económico, pues tras él, se moviliza una serie de  industrias, en general dirigidas por multinacionales que por medio de un márketing bien planificado nos inducen a la adquisición, apenas aparece un nuevo “chiche”. Que sucede, ¿hay un trastocamiento de la escala de valores tradicional en beneficio del “confort”?.

La justicia, el bien, la religiosidad, la belleza, la ética, etc., ¿ han sido relegadas en la jerarquía de los valores por el entronizado de estos nuevos valores fundados en lo placentero y confortable ?. Dentro de este esquema, en pautas promovidas por el consumismo, nos inducen a creer que es más plebeya una familia que tiene un TV de 21” que una que tiene TV plasma de 32”, introduciéndonos en una vorágine competidora por comprar lo más nuevo que ofrece el mercado.

Pero el consumismo abarca otras áreas de la esfera del ser humano en la que podemos destacar el de la alimentación donde aparecen otros “chiches” que promovidos por un consumismo inducido, hacen que nuestras preferencias alimentarias se deriven a la adquisición de alimentos “saludables” en forma de galletitas o snaks con fibras, proteínas, todas las gamas de vitaminas y minerales, con agregados probióticos y otros enseres que, en atractivos envases, le dan una cualidad de nutrición científica a lo que consumíamos tradicionalmente con el nombre de leche, pan integral y miel, pero con precios que centuplican el valor de la materia prima que lo componen.

Se hace evidente, por los resultados, que estamos perdiendo la batalla que prioriza los resultados por la obtención de valores materiales por sobre la sensatez, el equilibrio, lo equitativo, y otros valores de carácter espiritual que han tenido primacía en los momentos más gloriosos de la historia de la humanidad. Si cambiamos la orientación de nuestros recursos a la adquisición o mejoramiento de nuestra vivienda, invertimos en una educación de calidad para nuestros hijos, ahorramos para cimentar un futuro sin sobresaltos, habremos infligido una derrota al consumismo, una modalidad degradante de la personalidad humana.-

 

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